Muchas, demasiadas horas, había tenido la imagen repetida. La imagen tuya. De humo y café, de compañía. De tarde tranquila y biblioteca. Siempre la misma mesa rústica, en ese balcón, en un lugar incierto. Estamos en paz, se acaba la tarde. La primera tarde que estamos a la misma mesa, mirando el mismo cielo. Hablando y reflejando dos caras de la misma luna. Estamos aquí, en esta casa, a esta mesa que creo que compré para este momento. Mi imagen es hoy un hecho, y se desprende cada segundo acá, se vuelve pasado. Se escapa. Se pierde. Te vas. Tanto. Búsquedas inconclusas. Remolinos. Tormentas. Una alianza de platino que sigue allí en tu mano. Una noche, una cama con Él. Un trato.
Mi vestido blanco, que quedó en idea, y el de ella, con velo y cola, que quedó protegido del paso del tiempo, con olor a naftalina. Que va a usar tu nuera en esa boda en la que no podré estar. Jamás me invitarías.
Pero, aunque no lo creas ¡No me arrepiento de nada! No haría nada diferente hoy. ¿Pones azúcar al café? ¿Negro? … Te decía, si bien recuerdas yo decidí antes que tú, vaya que fácil olvida el ego. Si buen escándalo armaste al regresar y enterarte.
Él. Un remolino. Un giro a mi vida. Sí, aún tengo su foto acá. A pesar de todo. Él. Sus gafas de la edad madura. Míralo como se ve. Tenía que irme con alguien como él, no crees? Un genio loco. Dejó impreso en cada libro su olor, que ahora es mío, lo que más extraña allá. Placeres sádicos míos. No tiene sus libros, ni mi conversación. Que monologue con ella… Soledad se debería llamar esa mujer. La incapacidad de cumplir un trato tan fácil…
Llévate el libro que tomaste, ya no los venden. No lo regresarás al estante, es mi último regalo para tí. No vas a volver, yo sé. Pero tampoco él.
Sí, las fotos, mi casa, los sellos en pasaporte, son testigos y prueba de la vida que llevamos estos años. Magia, lugares, gente. Unos gitanos hablando una jerigonza de idiomas, de acentos. No era perfecto, como nada lo es. El alcohol y las rubias, mi ambición y ánimo variable, nos acompañó. Lo que más odie, las anónimas rubias, bellas musas benditas de ese que era Él. De veinte años o de menos. No, con él no cabría ese melodrama de la infidelidad. Era un acuerdo tácito. Y él no lo cumplió. No pudo soportar dar reciprocidad.
Cuando estábamos juntos, recuerdo, su mirada me decía sin decir que había estado con ella, o tantas otras. Y en mi silencio, en la ausencia de reproche, quedaste tú, sí, siempre tú, en esa mirada. Cómo iba yo a reclamar ante una simple revolcada pasajera, buscando inspiración. El arte no se frena. Pero el amor tampoco. Siempre estabas tú, y yo esperando. Me espiabas desde una noticia, o desde un artículo y yo no podía ya más. Luego corría a comprar boletos a cualquier destino, para compartir, sin miedo a lastimarnos, esa dulzura de Él, que no daba a sus amantes, que me daba solo a mí, para cerrar el día y llenarnos de sitios nuevos, de charlas nuevas.
In Crescendo, más allá, y luego aún más, iba nuestro trabajo. Mutua crítica. Esa alquimia, esa competencia de Frida y Diego. De comprensión, deseo y genio. Esos tres juntos hoy sé que son permanentes, más deseables y certeros que el amor mismo, ese inestable, indeciso y cobarde amor. Y ya ves. Mi nombre aún salpica su biografía de hombre renombrado. Mi nombre. Que nunca adicionó su apellido. Eso siempre lo recalcan esos periodistas. También en la hoja de vida mía. Puedes decir sí, tanto feminismo para que inicie con “…Compañera sentimental de, esta intelectual comprometida…” ¡Para eso mejor me hubiera puesto el apellido!.
¡Extrañaba ver esa tu risa, de patán descarado e inmaduro!. Está intacta. Es raro.
Y no, no necesito que me cuentes mucho, sé de ella, tormenta, mi tormenta de lágrimas cuando supe, tu esposa cara de muñeca. Tus hijas. Tu familia. Tantos años. Fortuna, fama acumulada. Titulares de los medios. Y te van a enterrar con honores, el día en que no vaya a tu funeral. Me da cierta envidia que ella si va a poder llorarte, porque yo sé que tuyo con ella si era amor. Aunque también le fueras tantas veces infiel. Pero en tu medio, el serlo era parte del perfil que debías llenar. Lo hiciste por tu carrera.
Debes estar atento, este sentimiento, que descubres hoy conmigo es más bien una rendición. Ante la vida misma que otra vez nos puso cara a cara. Pero la sorpresa es grande. La mía. Busqué amor y encontré al final paz en ti, veinte años después.
No, no me des la mano así tan fuerte, no vayas a entrelazarla, te advierto que no me suelto. Esta vez no. No somos dos enamorados, ya te lo expliqué. Somos como dos soldados veteranos, hoy, aquí, con muchos años de golpes y heridas. Haciendo un chapuz a nuestro pasado, distantes momentos, a los cuestionamientos. Haciendo remiendos, zurciendo recuerdos para que hagan ahora sentido esos caminos separados. Pero las manos, aún viejas y manchadas, encajan perfectamente. Otra vez. Un espejo.
Ya sé que solo hoy pudiste ver todo claro. Recuperaste en estos minutos, en este café, tu juventud y una posibilidad. Y mi alma entera. Hoy te la vas a llevar, al cruzar por esa puerta. Pero, detente un momento, mientras pueda hablar sin que se quiebre mi voz. Que no te pese dejarme acá sola. Con una mesa ya sin propósito y esos libros que no son míos.
¡No te equivoques! No fue tan errática la vida. Un Nosotros no habría sido jamás. No hubiera usado el vestido de la naftalina, el de cola y velo. Tal vez el diamante sí. Pero ni pensar en darte niñas preciosas, y esperarte en la puerta. No tenía la belleza para exhibirme en cenas de embajadas con la boca cerrada y joyas caras. Lo hacía con mi voz, con mi presencia. No estaba en mis posibilidades la renuncia a mi luz por no opacar tu sombra. Ni en mis deseos estaba ordenarte las corbatas y aplaudirte desde el público. Menos celebrar tu discurso de sociedades justas, irreales, utópicas. Y a la menor aventurilla, te hubiera molido los huesos. No tengo madera de mártir.
Aunque todo lo hiciéramos distinto, no estaríamos juntos sino hasta hoy. Pero no vas a quedarte, ya te lo dije. Lo repito. Piensa. Sería un mal arreglo. Ya no se puede poner techo a unas ruinas, sin que nos aplaste, nos reduzca a nada el intento. Todo se desmoronaría en nuestras cabezas. Hay que botar los muros. Y construir de nuevo.
Hoy es mi comienzo.
Solo llévate el amor. Llévatelo.